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A la sombra del galano

A la sombra del galano

Portada por ©Amaya Oyón, para artimalia.org

Ensayo por el periodista y escritor ©Mikel Arilla, para artimalia.org

A la sombra del galano

La literatura y también sus formas más arcaicas de oralidad divulgativa a menudo nos arrojan en herencia historias y planteamientos que, inconscientemente, pueden dejarnos ensimismados durante horas a fuerza de reflexionar. En una de esas fábulas, hay un pescador habanero llamado Santiago que no duda en disertar sobre los peces, sobre su condición de seres bellos, respetables y puros. Relata este hombre de mar que incluso en la agonía final del pez que ha pescado en aguas del Atlántico puede apreciar la belleza y la nobleza de tamaño animal. Un ejemplar enorme que, curiosamente, acabará destrozando de nuevo la autoestima que el viejo pescador había recobrado tras 88 días sin obtener recompensa en sus interminables jornadas en la soledad del océano.

Puede también que la pesca no constituya el mejor símil para hablar de la llamada Sexta Extinción. Pero le daré una oportunidad. Precisamente la devastación de los recursos naturales a través de prácticas como la pesca y la caza masivas es una de las derivas de este fenómeno del que, quizás atolondrados por el crisol de ruidos en el que vivimos, hemos oído hablar muy poco. “La Sexta Extinción, otra patraña de ecologistas amargados”, pensarán algunos cómodamente en su sofá. En realidad sí tiene que ver con la militancia ecologista, aunque probablemente nos interese más de lo que en un principio podríamos pensar. Sea como fuere, traer a colación los pensamientos del humilde y anciano pescador habanero con el que dábamos inicio a estas líneas nos aporta una lección insustituible: la naturaleza es más fuerte contra un solo ser humano, pero millones de hombres y mujeres, millones de piezas de dominó, quizás sin saberlo e inconscientemente, son tremendamente superiores en fuerza a nuestra madre tierra. Lo difícil es tomar conciencia de ello.

Para quien no sepa de qué va la Sexta Extinción, ahí va un resumen muy breve. Es una más de las determinadas épocas en las que ciertas especies que habitan la tierra han desaparecido paulatinamente. Entre las cinco anteriores, una de las más conocidas es la de los dinosaurios. Pues bien, la sexta, la de ahora, la hemos provocado (a diferencia de las anteriores) nosotros mismos y, a largo plazo, no sólo implica acabar con un gran porcentaje de especies (algunos expertos hablan del 50% cuando acabe este siglo) sino con nuestra propia especie. Los del sofá pensarán ahora que nos hemos puesto el disfraz apocalíptico. Démosles un poco de tiempo para asimilar información.

Aquí algunos datos: sólo hablando de vertebrados, el Instituto de Ecología de la Universidad Nacional Autónoma de México ha contabilizado más de 600 especies desaparecidas desde el año 1500. A la Sexta Extinción ya se le ha colocado la etiqueta de ‘masiva’, porque, más allá de la cantidad, el aumento del ratio de desaparición asusta. Si la tasa natural de extinción es de 1,8 especies por cada 10.000 cada 100 años, ese porcentaje se multiplica hasta 100 veces dentro de la Sexta Extinción. ¿Desde cuándo ocurre esto? Debemos tener claro que la misma irrupción del Homo Sapiens ya constituyó un desequilibrio importante, como explica Richard Leakey en su obra ilustrativa. No obstante, Leakey es uno de los muchos teóricos que tiene claro que este proceso ha sufrido una aceleración abrumadora desde la Revolución Industrial. Con la colonización y la expansión mercantil allende los mares se sucedieron los desequilibrios en los ecosistemas que han propiciado que la marcha de la Sexta Extinción discurra a ritmo vertiginoso.

Es sencillo explicarlo. Nuevas especies se introdujeron en hábitats que no eran los suyos, los hombres modificaron a su antojo la extensión natural de la flora mediante la agricultura extensiva, las ya mencionadas caza y pesca, la expansión de los núcleos urbanos y las conexiones de transporte. El resultado, el que ya se viene anunciando. Puede que para cuando acabe el siglo, la mitad o más de todas las especies animales que comparten hogar con nosotros (lo hacen, aunque no lo creamos) nos hayan dicho adiós para siempre. Sobreexplotar recursos hasta límites insospechados, pese a lo que digan los gurús del mal llamado progreso, efectivamente, contiene un precio. Y alto.

La teoría resulta muy enriquecedora y en ella se centran los más reputados biólogos del mundo. Por desgracia, en los noticiarios y las rotativas existe, de momento, poco espacio para este fenómeno comparable al ‘desgastado mediáticamente’ cambio climático. En julio de 2015, algún telediario ha dedicado un minuto a la noticia de la muerte de Nabire, una hembra de rinoceronte blanco que vivía en un zoo de la República Checa. De su especie sólo quedan cuatro ejemplares en todo el mundo. El minuto de telediario tendría su utilidad si se invitase a reflexionar sobre las causas y las consecuencias, mucho más que el canto a la melancolía y la dulzura para con los animales que tratan de transmitirnos. Quizás el fallo radique ahí, en que el hombre no ha sido educado para afrontar una convivencia sostenible compartida con el resto de especies.

Si los moradores del sofá todavía saborean su cerveza impregnada en escepticismo, poco más hay que decir. Si, por el contrario, se han parado a pensar en todo este embrollo elucubrando un futuro bastante más oscuro que lo que vivimos ahora, aún tenemos el derecho de albergar cierta esperanza. La cosa no va de salvar ballenas porque hemos visto ‘Liberad a Willy’. ¿Quién no ha pensado alguna vez en el futuro de su familia? Que piense en los hijos de los hijos de los hijos de sus hijos. Y en el total descuadre de fauna y flora en el que se encontrarían. Y en lo que eso supondría para sus posibilidades de desarrollo, su calidad de vida, etc. Apocalíptico, ¿verdad? Suena muy tópico, pero, sí, podemos decirlo. Todavía estamos ‘un poquitín’ a tiempo de, al menos, evitar que el desaguisado sea demasiado monstruoso.

Volveré, para acabar, a esas fábulas de las que hablábamos al principio. En la que ilustrábamos, el pez que Santiago ha pescado acaba tomándose su particular venganza, aun siendo ya carne de parrilla. En su ruta de vuelta, agotado y sin instrumental con el que defenderse, Santiago sufre el ataque de un grupo de tiburones galanos que devoran su trofeo encarnizadamente, dejando solamente la raspa. Una derrota simbólica del hombre ante el animal. Curiosa paradoja. Al final, esos tiburones, en su condición de especie marina, reclaman lo que realmente les pertenece y recobran en parte la voz que durante siglos les hemos negado sistemáticamente.

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Licenciado en Periodismo por la Universidad de Navarra y Posgraduado en el Máster online de Periodismo Digital de la Universidad de Alcalá de Henares. Ha trabajado en importantes medios de comunicación autonómicos en Navarra y actualmente es redactor en un semanario local y periodista de una agencia de noticias internacional.

Amaya Oyón
Acerté de lleno eligiendo Diseño Gráfico en la facultad de BB.AA de la UPV. Coexistir con animales me hace sentir viva, por eso Artimalia se ha convertido en mi proyecto mimado y doblemente gustoso porque me ha permitido explorarlo y fusionarlo con mi profesión. Fue en 2010 cuando surgió ese primer apunte rápido sobre Artimalia sin imaginar hacia dónde nos llevaría… Hoy me siento muy honrada de compartir con todos los colaboradores estas horas de dedicación sincera que han hecho que aquella primera idea casi desdibujada se transforme en este proyecto compacto y emocionante. Y lo que vendrá.

En otra vida sería… un vencejo, porque apenas necesita aterrizar.

Sergio Navarro
Dicen de mí que soy un ‘informático sensible’ porque me preocupo por el kerning, el tracking, el padding, el color y las tipografías. Sé distinguir la Arial de la Helvetica. Soy de naturaleza lógica y analítica y disfruto interpretando datos estadísticos. Me gustan las cosas bien hechas y siempre procuro un código limpio y ‘aseado’ para mis trabajos web. Amante de la fotografía, la música y los Gifs animados. Mi tiempo libre se lo dedico al proyecto Artimalia y a remar en piragua; ahora estoy deseando cambiar el río por el mar.

En otra vida sería… Súper Ratón.

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