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El día de… la quagga

12.08.18 // POST ESCRITO POR AMAYA OYÓN
El silencio de la última quagga

Tal día como hoy moría, entre cemento y barrotes, la última quagga conocida. Por aquel entonces, nadie sabía que el ejemplar hallado sin vida en las instalaciones del zoológico de Amsterdam significaba el final de toda la subespecie. La hembra estuvo allí casi 16 años, desde el 9 de mayo de 1867 hasta el 12 de agosto de 1883, pero tanto su origen como las causas de su muerte no quedaron registradas.

135 años después, hacemos un llamamiento a su memoria a través de este post en el que revisamos su marco histórico y, como ya venimos acostumbrando en nuestra sección «El día de», también le ofrecemos nuestras artes. Bienvenidos a este trocito de realidad dedicado a un animal que, aunque dejó de existir hace más de un siglo, sigue despertando curiosidad y admiración.

el dia del quagga artimalia.org

Quagga en cautividad, zoológico de Londres, año 1864
Autor fotografía: Frank Haes. Fuente: Wikimedia Commons

Quagga | Equus quagga quagga
Esta variedad única de la cebra se extinguió completamente de las llanuras de Sudáfrica a finales de 1870. Durante mucho tiempo se pensó que constituía una especie aparte debido a la peculiar coloración de su pelaje, pero los últimos análisis han demostrado que es una subespecie de las cebras de planicie que se localizaban en las zonas más meridionales.

Si había algo que la distinguiese del resto de cebras, ese era su patrón limitado de rayas que se alternaban entre el pardo rojizo y el blanco y que recorrían la parte frontal de su cuerpo: cara, cuello, crines y costado. Las rayas iban difuminándose hasta desaparecer en su parte posterior, es decir, que tanto el lomo como los cuartos traseros eran completamente lisos, similares a los de un caballo. La distribución de las rayas podría considerarse una seña identificativa porque variaba notablemente entre individuos. Tenía una altura de 1,30 m hasta la cruz y 2,57 m de largura. Se cree que en estado salvaje podía alcanzar los 40 años de edad.

Distribución geográfica
habitat quagga artimalia

Eran especialmente abundantes en el Karoo, meseta semidesértica situada en la Provincia Occidental del Cabo, y en las llanuras herbáceas del sureste de Sudáfrica.

Apenas se sabe de su comportamiento, pero es probable que, al igual que las cebras y los caballos, también conviviera en manadas de 30-50 miembros dirigidos por un macho dominante. Los individuos establecían vínculos sociales muy fuertes. Se cree que durante el día, la manada se desplazaba en busca de hierba larga y, por la noche, regresaban a los pastos de vegetación más corta.

En cautiverio

Algunos ejemplares fueron capturados individualmente para ser enviados a Europa y poder cubrir la demanda de los zoológicos que estaban ansiosos por exhibir estos mamíferos salvajes; es por eso que todo el material fotográfico disponible son instantáneas de aquellos animales vivos mantenidos en cautiverio. La del zoológico de Londres murió en 1872, la de Berlín en 1875, hasta llegar a la ya mencionada hembra fallecida en Amsterdam en 1883.

foto quagga artimalia

Quagga en cautividad, zoológico de Londres, año 1863
Esta fotografía, descubierta en 1991, es la 5ta imagen conocida del único ejemplar fotografiado vivo
Autor: Frank Haes. Fuente: Wikimedia Commons

«Quagga», la palabra que no ayudó

Su nombre procede de la lengua de los hotentote (khoikhoi), uno de los pueblos subsaharianos más antiguos del mundo, y es una adaptación onomatopéyica del sonido singular que emitía este animal: kwa-ha-ha. En aquella época, los blancos de lengua afrikáneers utilizaban la palabra «quagga» para denominar a todas las cebras. Debido a la confusión generada por el uso indiscriminado del término, no se supo hasta años después que la hembra que había muerto en el zoológico de Amsterdam representaba el último ejemplar del mundo.

Tal vez, y solo tal vez, este uso impreciso del nombre pudo haber impedido que se tomaran medidas urgentes para proteger la población restante: que a todas las cebras se les llamara «quagga» hizo pensar que todavía quedaba representación de estos animales, pero la realidad era que ya habían desaparecido de forma definitiva.

Carne, cuero y un plan: el exterminio

Ya en el siglo XIX Sudáfrica se conocía como ‘El Paraíso de los Cazadores’, y las quagga, al igual que el resto de animales del territorio, sufrieron las consecuencias. Las quaggas, además, eran fáciles de localizar y de matar, por lo que rápidamente se convirtieron en presas para obtener su carne y su piel. Las pieles se comercializaban o se utilizaban a nivel local.

Con la llegada del hombre blanco, fueron cazadas a un ritmo alarmante por los colonos holandeses y posteriormente por sus descendientes localizados en Sudáfrica, los bóeres. Al tratarse de animales pacedores competían directamente con sus animales domésticos, como cabras y ovejas, así que los colonos organizaron planes de exterminio para eliminar las grandes manadas que interfiriesen con su ganado. Esta ‘liberación’ de las zonas de pasto se tradujo en la matanza a gran escala de quaggas hasta su total aniquilación. Para la década de 1850 ya había desaparecido gran parte de su población salvaje. La última manada en la naturaleza fue aniquilada a finales de 1870 en el Estado Libre de Orange. La última quagga silvestre fue abatida en 1878.

Se dice que a mediados del siglo XIX la masacre fue tan despiadada que los cazadores extraían las balas de los cadáveres para ahorrar munición.

jaume marco quagga artimalia

Quagga por ©Jaume Marco, para artimalia.org

«Quagga quagga»

Microrrelato por ©Juana Espín, para artimalia.org

Quagga quagga decían los comensales con las bocas llenas meneando la cabeza en un sí complacido. Quagga quagga, con los dientes sucios de sangre y las tiritas de carne colgando en hilos. Quagga quagga, qué bueno, murmuraban. Quagga quagga mientras, con los ojos, ya seleccionaban otra pieza de la fuente. La fuente rebosaba partes de quagga. Quagga quagga en montañas de pedazos. Quagga troceado, quagga mordido, quagga masticado. Hasta las pezuñas eran sabrosas, aunque no expulsaran sangre. Quagga quagga, decían, y las manos resbalosas con las uñas negras llevaban a las bocas intestinos, vísceras y cochambre. Quagga quagga, qué rico, los mofletes de la cara redondos y la respiración entrecortada. Quagga quagga. Desde las paredes cabezas y pieles de quagga disecados los miraban con indiferencia, y casi casi, hacían que sí también con la cabeza. Con la cabeza sabían que esos comensales comían su último quagga. Por la noche, los rostros de los colonos no fueron tan complacientes cuando sirvieron el cordero, la gallina y el pollo. Quagga quagga decían con nostalgia y la mirada perdida, quagga quagga como un lamento, quagga quagga como un lenguaje ya extinguido.

Un ‘quaballo’ para colonizar

En 1820, obcecado en domesticar a la quagga, Lord Morton inició sus experimentos siguiendo un programa de cría en cautividad. Adquirió un macho quagga y lo cruzó con una yegua árabe castaña, el potro resultante mantenía el porte y el color de la yegua madre, pero conservó las rayas y el temperamento del padre. Algunas fuentes elogian el experimento como un intento altruista por salvar la subespecie, pero parece que lo que verdaderamente pretendía Morton era posibilitar a los europeos la colonización del continente a lomos de un caballo híbrido que se adaptara mejor a las condiciones de África. Tanto los colonos como sus caballos tuvieron que enfrentarse, entre otras, a la enfermedad del sueño, y las cebras y las quaggas eran inmunes en gran medida a esta enfermedad. Parece que Morton tuvo detrás a un grupo de europeos interesados en que lograra crear un animal cruzado más resistente, pero al igual que las cebras, las quaggas eran tenaces y prácticamente indomables y no se dejaron someter a las pretensiones humanas.

135 años sin quagga

Quagga por ©Amaya Oyón, para artimalia.org

135 años sin quagga

Quagga por ©Amaya Oyón, para artimalia.org

«Cuero»

Microrrelato por ©Manuel Ortiz, para artimalia.org

Naces, tardas solo unos minutos en ponerte en pie. El suelo se agrieta bajo tus pezuñas, el sol calienta tu piel por primera vez.

Paseas, correteas, brincas entre los miembros de tu manada, un muro protector de carne equina rayada. Entonces lo oyes. No es ave, pero vuela; no es león, pero ruge; no es fuego, pero quema.

Quema en tu padre, en tus hermanas y primas, quema en tus tías, que caen con cada fogonazo, abatidas. Sientes el pánico del resto retumbar; una llamada a la huida, una súplica de vida.

Tus pupilas se dilatan, tus músculos se tensan. Gritas, llamando a Madre. Ellos la matan. La manada se deshace en estampida.

Naces, tardas solo unos minutos en ponerte en pie. Buscas la leche para apaciguar el hambre. La encuentras, un coágulo con sabor a sangre.

135 años sin quagga

Quagga por ©Guiomar González, para artimalia.org

135 años sin quagga

Quagga por ©Juan Carlos Aguado, para artimalia.org

135 años sin quagga

Quagga por ©Manuel Zapico, para artimalia.org

135 años sin quagga

Quagga por ©Amaya Oyón, para artimalia.org

135 años sin quagga

Quagga por ©Jorge Ochagavía, para artimalia.org

jorge ochagavía quagga artimalia.org

Quagga por ©Jorge Ochagavía, para artimalia.org

En la actualidad

En estos momentos existe un plan de cría selectiva de cebra de planicie que se asemeja a la apariencia de la quagga extinta. El experimento se inició en 1987 con la pretensión de reunir una población suficiente para luego trasladarla a una reserva. Afortunadamente, al no existir células vivas disponibles, la quagga no puede ser clonada. Las cebras resultantes del experimento solo se asemejan a las quaggas originales en su apariencia externa, pero genéticamente son diferentes.

El proyecto es vistoso y hay quien lo celebra, sin embargo no ha estado exento de críticas fundamentadas en las posibles adaptaciones ecológicas, características genéticas o diferencias de comportamiento que no se han tenido en cuenta. Para algunos expertos biólogos este ensayo es una maniobra de marketing y un empeño innecesario que quebranta el orden natural de la vida.

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Fuentes de consulta

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Han participado en este post:

Jaume Marco
Allá por 1977…
—Y a ti, Jaume, ¿qué te gustaría ser de mayor?
—A mí, selvero.
—Pero, ¿eso qué es? Ese trabajo no existe.
—¿Por qué no? Uno que hace zapatos es zapatero; entonces, uno que va a la selva, será un selvero, ¿no? Pues sí, ¡yo seré selvero!

Vivo y trabajo en València como diseñador gráfico e ilustrador. De momento no he logrado ser selvero, pero sí he conseguido ilustrar animales –algo que he hecho desde siempre– y publicarlos en un álbum infantil «El viaje de Max pelo-flecha», con texto de Francesc Vila.

En otra vida sería… un caballo salvaje o un lobo… nunca lo tengo claro.

Juana Espín
Crecí recorriendo carreteras entre ciudades, campos, pueblos y aldeas de España hasta que me detuve en Valencia, donde ya llevo un buen tiempo. Vivo y trabajo entre libros: los leo, los escribo, los huelo, los acaricio, los beso. Son mi gran pasión. Adoro viajar a países remotos donde nada es como yo conozco. Me meto fácilmente en la piel de animales, plantas, personas y cualquier tipo de objeto. Y estoy contentísima de formar parte de Artimalia aportando mi pequeño granito de arena.

En otra vida sería… cada día sería un animal distinto, por aquello de variar y probarlo todo. Pero si me obligasen a elegir uno, sería un pájaro carpintero. Adoro los árboles y volar.

Amaya Oyón
Acerté de lleno eligiendo Diseño Gráfico en la facultad de BB.AA de la UPV. Coexistir con animales me hace sentir viva, por eso Artimalia se ha convertido en mi proyecto mimado y doblemente gustoso porque me ha permitido explorarlo y fusionarlo con mi profesión. Fue en 2010 cuando surgió ese primer apunte rápido sobre Artimalia sin imaginar hacia dónde nos llevaría… Hoy me siento muy honrada de compartir con todos los colaboradores estas horas de dedicación sincera que han hecho que aquella primera idea casi desdibujada se transforme en este proyecto compacto y emocionante. Y lo que vendrá.

En otra vida sería… un vencejo, porque apenas necesita aterrizar.

Manuel Ortiz
Biólogo especializado en biodiversidad, apasionado por la evolución y la paleontología. Trato de compaginar la escritura y la creatividad con mi profesión de investigador y Artimalia me parece el lugar perfecto para hacerlo. No recuerdo un momento de mi vida en el que la naturaleza no me haya fascinado. Me gustaría que quien me lea pueda sentir lo mismo que yo cuando descubrí lo que era un dodo, un tilacino o un sapo dorado.

En otra vida sería… Un pingüino, para poder bucear como un delfín y volar como un albatros. ¿Cómo? ¿Que los pingüinos no vuelan? Oh, bueno, da igual. Me gusta como andan.

Guiomar González
Dibujo desde que tengo memoria. Siempre me interesaron el arte y los cuentos, y un día empezaron a pagarme por dibujarlos ¡Toma! Me sumé al proyecto Artimalia porque quiero aportar mi granito de arena a la lucha contra el olvido; y porque creo que la información y la educación son la base de un mundo más justo para todos los seres vivos.

En otra vida sería… Un cuervo. Bueno, una cuerva.

Juan Carlos Aguado
Diseñador Gráfico interesado en todo lo relacionado con las Artes.
Sensibilizado con todo lo relacionado con la fauna y el planeta en general.

En otra vida sería…
…Estando el cocodrilo y el orangután
dos pequeñas serpientes y el águila real…

Manuel Zapico
Desde que era un enano, mis compañeros de aventuras han sido un lápiz y una bici. Me gusta el dibujo, la ilustración y la estampación de obra gráfica original. Me atraen las técnicas, procesos, métodos, trucos, apaños y útiles para realizar estas actividades. Organizo cursos de ilustración de la naturaleza en los que dibujamos animales y su entorno, creo que es una manera de disfrutar, educar y respetar a la fauna, ahora y para un futuro. Gracias a una serie de casualidades, llegó hasta mí una postal de Artimalia y desde entonces quise colaborar con el proyecto.

En otra vida sería… un lobo para poder seguir andando por la montaña, aullando al aire libre y conviviendo con la manada.

Jorge Ochagavía
Así le vemos:
Si te encuentras a alguien, boli en mano, abriéndose hueco en la barra de un bar con el dispensador de servilletas monopolizado a modo de libreta espontánea y que, mientras va creando sus trazos, te suelta un comentario vacilón… ese será Jorge.

En otra vida sería… un poco de bonobo, gato persa, mosquito tigre y koala.

Sergio Navarro
Dicen de mí que soy un ‘informático sensible’ porque me preocupo por el kerning, el tracking, el padding, el color y las tipografías. Sé distinguir la Arial de la Helvetica. Soy de naturaleza lógica y analítica y disfruto interpretando datos estadísticos. Me gustan las cosas bien hechas y siempre procuro un código limpio y ‘aseado’ para mis trabajos web. Amante de la fotografía, la música y los Gifs animados. Mi tiempo libre se lo dedico al proyecto Artimalia y a remar en piragua; ahora estoy deseando cambiar el río por el mar.

En otra vida sería… Súper Ratón.

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