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1883 Quagga

Actualizado
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Imagen: Artimalia | Dibujo: Amaya Oyón | ©All rights reserved

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Nombre científico: Equus quagga quagga.
Reino: Animalia. Filo: Chordata. Clase: Mammalia. Orden: Perissodactyla. Familia: Equidae.

Área de distribución

La quagga o cuaga fue una variedad única de la cebra común. Sus manadas habitaban las llanuras herbáceas del sureste de Sudáfrica y eran especialmente abundantes en el Karoo, meseta semidesértica situada en la Provincia Occidental del Cabo.

Nota taxonómica

La quagga fue el primer animal extinto del que se extrajo ADN para ser analizado. Con el estudio de 1984 se llegó a la conclusión de que genéticamente era más semejante a las cebras que a los caballos. Durante mucho tiempo se pensó que constituía una especie aparte debido a la peculiar coloración de su pelaje, pero los últimos análisis han demostrado que es una subespecie de las cebras de planicie que se localizaban en las zonas más meridionales y se considera particularmente cercana a la cebra de Burchell (Equus quagga burchellii).

Descripción y comportamiento

Si había algo que la distinguiese del resto de cebras, ese era su patrón limitado de rayas que se alternaban entre el pardo rojizo y el blanco y que recorrían la parte frontal de su cuerpo: cara, cuello, crines y costado. Las rayas iban difuminándose hasta desaparecer en su parte posterior, es decir, que tanto el lomo como los cuartos traseros eran completamente lisos, similares a los de un caballo. La distribución de las rayas podría considerarse una seña de identidad porque variaba notablemente entre individuos. Vientre y patas eran enteramente blancos. La quagga tenía una altura de 1,30 m hasta la cruz y 2, 57 m de largura.

En estado salvaje podía alcanzar los 40 años de edad. Apenas se sabe de su comportamiento, pero es probable que, al igual que las cebras y los caballos, también conviviera en manadas de 30-50 miembros dirigidos por un macho dominante. Los individuos establecían vínculos sociales muy fuertes. Se cree que durante el día, la manada se desplazaba en busca de hierba larga y, por la noche, regresaban a los pastos de vegetación más corta.

Historia de extinción

Ya en el siglo XIX Sudáfrica se conocía como ‘El Paraíso de los Cazadores’, y las quagga, al igual que el resto de animales del territorio, sufrieron las consecuencias. Sin desatender una posible vulnerabilidad debido a su distribución limitada, las quagga, además, eran fáciles de localizar y de matar. Su carácter dócil rápidamente les convirtió en presas cómodas de las que obtener carne y piel, bien para ser comercializada o para utilizarse a nivel local.

Con la llegada del hombre blanco, las quagga fueron cazadas a un ritmo alarmante por los colonos holandeses y posteriormente por sus descendientes, los bóers. Al tratarse de animales pacedores competían directamente con sus animales domésticos, como cabras y ovejas, así que los colonos organizaron planes de exterminio para eliminar las grandes manadas que interfiriesen con su ganado. Esta ‘liberación’ de las zonas de pasto se tradujo en la matanza a gran escala de quaggas hasta su total aniquilación. Se dice que la masacre fue tan despiadada a mediados del siglo XIX que los cazadores extraían las balas de los cadáveres para ahorrar munición. Para la década de 1850 ya había desaparecido gran parte de su población salvaje. La última manada en la naturaleza fue aniquilada a finales de 1870 en el Estado Libre de Orange. La última quagga silvestre fue abatida en 1878.

Algunos ejemplares fueron capturados individualmente para ser enviados a Europa y poder cubrir la demanda de los zoológicos que estaban ansiosos por exhibir estos mamíferos salvajes; es por eso que todo el material fotográfico disponible son instantáneas de aquellos individuos vivos mantenidos en cautiverio. La quagga del zoológico de Londres murió en 1872 y la de Berlín en 1875. Años más tarde, fallecía la última quagga sin que nadie fuera consciente de ello, en aquel momento, nadie sabía que la hembra hallada sin vida en las instalaciones del zoológico de Amsterdam significaba el final de toda la subespecie. El animal vivió allí desde el 9 de mayo de 1867 hasta el 12 de agosto de 1883, pero tanto su origen como las causas de su muerte no quedaron registradas.

El nombre que no ayudó

Su nombre procede de la lengua de los hotentote (khoikhoi), uno de los pueblos subsaharianos más antiguos del mundo, y es una adaptación onomatopéyica del sonido singular que emitía este animal: kwa-ha-ha. En aquella época, los blancos de lengua afrikáneers utilizaban la palabra «quagga» para denominar a todas las cebras, una generalización que se mantiene hasta nuestros días, especialmente en las lenguas africanas. Debido a la confusión generada por el uso indiscriminado del término, no se supo hasta años después que la hembra que había muerto en el zoológico de Amsterdam representaba el último ejemplar del mundo. Tal vez, este uso impreciso del nombre pudo haber impedido que se tomaran medidas urgentes para proteger la población restante: que a todas las cebras se les llamara «quagga» hizo pensar que todavía quedaba representación de estos animales, pero la realidad era que ya habían desaparecido de forma definitiva.

Experimento tras experimento

En 1820, obcecado en domesticar a la quagga, Lord Morton inició sus experimentos siguiendo un programa de cría en cautividad. Algunas fuentes elogian este hecho como un intento altruista por salvar la subespecie, pero parece que lo que verdaderamente pretendía Morton era posibilitar a los europeos la colonización del continente a lomos de un caballo híbrido que se adaptara mejor a las condiciones de África. Tanto los colonos como sus caballos tuvieron que enfrentarse, entre otras, a la enfermedad del sueño, y las cebras y las quaggas eran inmunes en gran medida a esta enfermedad. Parece que Morton tuvo detrás a un grupo de europeos interesados en que lograra crear un animal cruzado más resistente, pero al igual que las cebras, las quaggas eran tenaces y prácticamente indomables.

En la actualidad existe un plan de cría selectiva de cebras de planicie que se asemeja a la apariencia de la quagga extinta. El experimento se inició en 1987 con la pretensión de reunir una población suficiente para luego trasladarla a una reserva. Afortunadamente, al no existir células vivas disponibles, la quagga no puede ser clonada. Las cebras resultantes del experimento solo se asemejan a las quaggas originales en su apariencia externa, pero genéticamente son diferentes. El proyecto es vistoso y hay quien lo celebra, sin embargo no ha estado exento de críticas fundamentadas en las posibles adaptaciones ecológicas, características genéticas o diferencias de comportamiento que no se han tenido en cuenta. Para algunos expertos biólogos este ensayo es una maniobra de marketing y un empeño innecesario que quebranta el orden natural de la vida.

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