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El día de… la tortuga gigante de la isla Pinta

24.06.16 // POST ESCRITO POR AMAYA OYÓN
La muerte de ‘Solitario Jorge’ y la despedida de una especie

Coincidiendo con el 4º aniversario de su fallecimiento, este 24 de junio de 2016 lo hemos reservado para unirnos a la memoria del Solitario Jorge (Lonesome George), considerado el último representante de las tortugas gigantes de la isla Pinta. Con una edad superior a los 100 años, Jorge pasó a la historia por los intentos desesperados e inútiles de lograr que procreara con hembras de otras islas a fin de preservar la especie. Aparte de reconocerse mundialmente como icono de las islas ecuatorianas de Galápagos, quizás el mejor legado que pudo dejarnos es el haberse convertido en emblema de la conservación de todas las especies del planeta.

En el álbum conmemorativo de hoy descubriréis una colección de obras gráficas donde nuestros artistas colaboradores Miguel Granado, Manuel Zapico, Amaya Oyón, Ana Soler, Raúl Rodríguez y Jorge Ochagavía nos ofrecen su visión particular sobre este animal, acompañadas, además, de un emotivo relato en el que la escritora Juana Espín nos transporta hasta algunos episodios de la vida del famoso ‘tortugo’.

solitario Geroge tortuga gigante de la isla pinta

Tortuga gigante de la Isla Pinta | Chelonoidis nigra abingdoni
Al igual que sus hermanas, la tortuga de la isla Pinta destacaba por su gran tamaño y corpulencia, llegando a medir casi 2 m de longitud y rozando los 400 kg de peso medio. Una seña de identidad es la forma de silla de montar de su caparazón. Dada su dieta compuesta por la vegetación alta de la isla, su cuello era alargado y podía elevarse notablemente para poder alcanzar las ramas más elevadas.
Autor fotografía: Rein Ketelaars. Fuente: wikimedia commons.

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Solitario Jorge visto por ©Amaya Oyón, para Artimalia. Foto original: Ethan Ableman

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Solitario Jorge ilustrado por ©Miguel Granado, para Artimalia.

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Solitario Jorge ilustrado por ©Ana Soler, para Artimalia.

colaboracion artimalia.org manuel zapico solitario jorge

Solitario Jorge ilustrado por ©Manuel Zapico, para Artimalia.

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Solitario Jorge ilustrado por ©Raúl Rodríguez mosiq, para Artimalia.

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Solitario Jorge ilustrado por ©Jorge Ochagavía, para Artimalia.

«Solitario George»

Microrrelato, por la escritora ©Juana Espín, para Artimalia.

Yo el solitario, el soltero, el gigante, el último pariente de los Chelonoidis abingdonii, el último en mi estirpe, el último sobreviviente de la gran dinastía de tortugas terrestres de isla Pinta, el indiscutible rey de mi arrebatado y lejano reino, siento que muero como un triste animal encerrado lejos de la tierra que sigue llamando a mi corazón. Más de cien años persiguen mi soledad galápaga de macho ermitaño. Con una sed terrible, la vida se me escapa por la boca en este extraño y aciago domingo de junio, en este delirio de larga existencia donde la tristeza me succiona hoy más que nunca hacia profundidades jamás visitadas. Y en este extraño viaje veo mi pasado y mi futuro al mismo tiempo mientras agonizo en cada paso, mientras mis escamosos y rotundos miembros patalean desesperados para escapar del pánico a esta muerte que me viene por dentro. Me hice viejo instalado aquí, en este maldito corral con el único deber biológico de salvaguardar mi especie de la extinción. Pero ni eso he conseguido. Termino mis días desterrado y sin descendencia. Por mi viejo rostro corren dos hilos de agua salada, dos lagunas se han instalado en mis ojos y no dejan de desbordarse. ¿Lloran las tortugas? Nunca me interesó nada demasiado.

Yo, el indolente y solitario George, perdí mi isla bautizada como La Pinta, como una de esas carabelas en las que un tal Colón se equivocó de viaje y avistó tierra en otra tierra para él inexistente. Mis abuelos lo descubrieron una mañana de bruma en que llegó con sus navíos contando locuras de otras tierras existentes más allá de los mares tras el horizonte. Yo, el antiguo rey sin súbditos de un reinado para mí solo, muero con la cabeza golpeando el suelo haciendo temblar la tierra con mi última humillación. En mi recuerdo queda el arrastrar de mi enorme culo, de mi largo cuello, de mi gran caparazón para subsistir con éxito a las constantes persecuciones de los humanos. Yo, que fui víctima de piratas ruines, de balleneros hambrientos y locos, de rudos marineros atrapados en tripulaciones contrariadas, de corsarios, contrabandistas, bucaneros que solo atrapaban tortugas como alimento. Yo que desde un pequeño escondite veía con el cuello arrugado por el miedo como esos hombres se llevaban a mis hermanos, uno tras otro, que los subían en sus gigantescos barcos y los metían en las bodegas hacia un destino incierto del que nunca regresarían.

Yo, que vi llegar buques descargando cabras, esos horribles animales que se reproducían alocadamente y que me robaban la comida. Yo, que vi llegar a otros hombres con aires nuevos, preocupados por el Medio Ambiente, hombres que intentaron erradicar a esas mismas malditas cabras que yo tanto odiaba. Yo, al que ya no le quedaba un solo amigo y me pasaba el día, como hacen las tortugas, yendo y viniendo tranquilamente por mi isla, fui descubierto por sorpresa. Un biólogo llamado Joseph y su esposa María me siguieron, y con cariño, me acosaron y atraparon. Me estudiaron. No me querían como alimento, me trataron bien, pero no sé qué fue peor, me metieron en su sombría embarcación y me llevaron a su mundo, y me encerraron en este corral en el que ahora muero.

Mi último recuerdo termina en Fausto, mi amado guardaparque, mi cuidador más avezado, mi Fausto. Con él no estaba obligado a reproducirme y ante su presencia, de forma extraña, sentía complicidad y todos esos síntomas propios del enamoramiento me atacaban a la vez. Lo esperaba, todos los días iba a su encuentro en la puerta del corral con esa inquietud desbordante de verlo venir, entonces corría desesperado y me quedaba parado frente a él con el cuello alzado cuanto podía y la boca muy abierta con la mirada fija, sin parpadear, para saludarlo, para que supiese que yo lo estaba esperando. Él me hablaba, me acariciaba en la cabeza, me daba palmaditas en el caparazón y yo le contestaba a mi manera estirando más el cuello para después bajarlo y apoyarlo en su pecho. No podíamos entendernos con palabras, pero en mudo acuerdo cruzábamos nuestros sueños. De mi vida de encierro sólo quedarán en mi recuerdo sus cuidados y caricias, su forma de darme de comer, su forma de limpiarme, sus visitas hasta en domingo sólo para ver cómo yo estaba, y cómo lo perseguía yo a todas partes.

Ahora, así, un día sin más, sin esperarlo, como supongo le ocurre a todo el mundo, dejo de existir e imagino mi futuro en un cuerpo embalsamado permanentemente erguido tras la vitrina de un museo donde me saludarán niños de todo el mundo a los que no podré contestar, estaré demasiado acartonado para estar vivo y demasiado entero para estar muerto. Que me lleven a un museo será una gran aventura, quizá la más grande de mi vida/muerte, quizá más grande que todo mi cuerpo. Ya me veo, de Galápagos a Nueva York en una reproducción de mí mismo congelado. Nunca sabrán cuán alto podía llegar mi cuello cuando paseaba orgullosamente por mi isla o saludaba a mi amado Fausto en vida. O quizá, alguien con dos dedos más de frente que yo sugerirá después de mi muerte que se haga una barbacoa con mi carne y se den un banquete a mi costa entre todos los científicos que me trataron y estudiaron.

Después de todo, la explotación humana de usar tortugas como alimento fue la que desde un principio empujó a que yo fuese el último de mis especímenes. Pero no, no voy a pensar eso, prefiero imaginarme representado en esos pequeños detalles que me caracterizan tan bien: las manchas verdosas cerca de mi boca que me dan un aspecto ruborizado, pero a lo tortugo, en verde, un colorete verde por mi sana dieta de vegetación fresca y también por mi expresión simpática de quien no ha roto un plato jamás. La herpetóloga que trabajó en mí decía que yo era una tortuga difícil, que no me gustaba la gente ni otras tortugas, ¿Qué sabría esa de mí? Decía que había pasado demasiados años solo en mi isla Pinta. ¿Y qué? Yo estaba tan a gusto y me llevaron de allí y me encerraron en cautiverio con un harén de tortugas que ni siquiera eran de mi especie cien por cien, ¿por qué tendría entonces que mostrarme sociable?

Se me detiene el corazón un día de San Juan de 2012. Tienen mis muestras para criogenizarlas y lograr clonarme. Me río yo de mi futuro clon. Quien me lo iba a decir. Embalsamado. Disecado. No me falta de nada. Seré un símbolo de los esfuerzos de conservación porque mi nombre y mi historia traspasará fronteras. Soy la inspiración para poder cambiar la historia de otras especies con un legado como el mío.

«Su recuerdo aviva nuestro espíritu de protección por todas las especies del planeta».
Tuit del director del Parque Nacional Galápagos a la muerte de Solitario Jorge (24.06.12)

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Solitario Jorge. Fotografía: Arturo de Frias Marques (13.10.08). Fuente: wikimedia commons.

La isla Pinta o isla Abingdon de las Galápagos
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Las islas Galápagos constituyen un archipiélago volcánico del océano Pacífico ubicado a casi 1.000 km de la costa de Ecuador. Galápagos es conocido por su grandiosa biodiversidad de flora y fauna endémica y por los estudios realizados por Charles Darwin en el siglo XIX a las especies propias de la región que, junto al resto de documentación recogida durante su viaje, le llevaron a establecer la teoría de la evolución por la selección natural y a formular El origen de las especies. En las islas habitan gran variedad de tipos de tortugas junto a flamencos, piqueros, albatros y cormoranes.

La situada más al norte dentro de este conglomerado de islas es la isla Pinta, la tierra nativa del Solitario Jorge donde fue encontrado en torno a 1972. Allí se sitúa uno de los volcanes más activos. También hubo una época que aquellas tierras fueron testigo de una próspera población de tortugas. El término binomial abingdoni hace referencia al otro nombre con el que se conoce a la Isla Pinta o isla de Abingdon que integra un grupo de especies denominado Complejo Chelonoidis nigra, un complejo de especies estrechamente relacionadas entre sí que engloba un total de 10 especies de tortugas terrestres del género Chelonoidis, más comúnmente conocidas como tortugas de las Galápagos o tortugas gigantes de las islas Galápagos.

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Paisaje volcánico de Sierra Negra, Galápagos.

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Playa de arena blanca, Galápagos.

Declive poblacional de las tortugas

La evolución y extinción de esta variedad de tortuga genuina y nativa del archipiélago ecuatoriano constituye un ejemplo de intrusismo humano en el hábitat animal. A lo largo de los siglos, las poblaciones de tortugas de las islas han ido decreciendo debido a la caza para obtener su carne, las prospecciones petrolíferas, la segmentación del hábitat para dedicarlo a la agricultura y la introducción de animales no nativos como cerdos y cabras, que diezmaron el hábitat y condujo a las tortugas gigantes de la isla al borde de la extinción.

Sin descendencia

Localizado en 1972 por un grupo de cazadores encargados de erradicar cabras, el Solitario Jorge fue capturado y trasladado desde la isla Pinta hasta la estación científica Charles Darwin, en la isla Santa Cruz, para que formara parte de un programa de crianza en cautividad. El primer intento fue con hembras de una subespecie similar (Chelonoidis nigra becki) originarias de la Isla Wolf con las que logró aparearse tras 15 años de convivencia, pero los huevos resultaron infértiles. Posteriormente, las compañeras que introdujeron en su corral eran genéticamente más cercanas a él y procedían de la isla Española; con ellas se encontraba cuando murió sin haber logrado tampoco continuar su linaje.

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Visita nuestra galería histórica y acércate un poco más a la fauna perdida de los últimos tiempos a través de esta recopilación de material documentado compuesto por ilustraciones, fotografías y vídeos de diferentes épocas.

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Juana Espín
Crecí recorriendo carreteras entre ciudades, campos, pueblos y aldeas de España hasta que me detuve en Valencia, donde ya llevo un buen tiempo. Vivo y trabajo entre libros: los leo, los escribo, los huelo, los acaricio, los beso. Son mi gran pasión. Adoro viajar a países remotos donde nada es como yo conozco. Me meto fácilmente en la piel de animales, plantas, personas y cualquier tipo de objeto. Y estoy contentísima de formar parte de Artimalia aportando mi pequeño granito de arena.

En otra vida sería… cada día sería un animal distinto, por aquello de variar y probarlo todo. Pero si me obligasen a elegir uno, sería un pájaro carpintero. Adoro los árboles y volar.

Amaya Oyón
Acerté de lleno eligiendo Diseño Gráfico en la facultad de BB.AA de la UPV. Coexistir con animales me hace sentir viva, por eso Artimalia se ha convertido en mi proyecto mimado y doblemente gustoso porque me ha permitido explorarlo y fusionarlo con mi profesión. Fue en 2010 cuando surgió ese primer apunte rápido sobre Artimalia sin imaginar hacia dónde nos llevaría… Hoy me siento muy honrada de compartir con todos los colaboradores estas horas de dedicación sincera que han hecho que aquella primera idea casi desdibujada se transforme en este proyecto compacto y emocionante. Y lo que vendrá.

En otra vida sería… un vencejo, porque apenas necesita aterrizar.

Miguel Granado
Desde bien pequeño sentí la necesidad del dibujo como medio de expresión. Comencé mis estudios de arte en Cáceres y los completé con la carrera de BB.AA en Salamanca, que no llegué a terminar. Mi interés por la pintura en gran formato provocó mi acercamiento al graffiti, técnica que compagino con el dibujo o la ilustración en formatos más pequeños. Me uní al proyecto Artimalia porque la mayoría de mi obra esta íntimamente relacionada con la naturaleza. Los animales suelen ser mis personajes favoritos para ilustrar.

En otra vida sería… un pájaro carpintero imperial. Porque puede volar, por sus colores y porque le da un carácter muy especial a su nido.

Ana Soler
Siento una atracción fatal hacia todas las geografías conocidas y por descubrir. Pero, de momento, el lugar donde vivo y trabajo es Valencia. En 1998 empecé a construir un Programa Didáctico de Educación en el Arte, desarrollando proyectos de investigación artística, impartiendo también cursos de formación para educadores y realizando ponencias sobre el tema. Empecé trabajando de ilustradora para la editorial Felmar; intercalación y animación para Hanna Barbera y Cruz Delgado, todas ellas en Madrid. Y sigo dibujando sin parar.

En otra vida sería… un zorro ártico. Por su capacidad de sobrevivir en condiciones duras y por su pelaje cambiante.

Manuel Zapico
Desde que era un enano, mis compañeros de aventuras han sido un lápiz y una bici. Me gusta el dibujo, la ilustración y la estampación de obra gráfica original. Me atraen las técnicas, procesos, métodos, trucos, apaños y útiles para realizar estas actividades. Organizo cursos de ilustración de la naturaleza en los que dibujamos animales y su entorno, creo que es una manera de disfrutar, educar y respetar a la fauna, ahora y para un futuro. Gracias a una serie de casualidades, llegó hasta mí una postal de Artimalia y desde entonces quise colaborar con el proyecto.

En otra vida sería… un lobo para poder seguir andando por la montaña, aullando al aire libre y conviviendo con la manada.

Raúl Rodríguez mosiq
Me define una pasión: la de pintar. Siempre lo he hecho. Papel, paredes, muebles… cualquier objeto es bueno. Desde hace casi dos décadas mi lienzo principal es la piel de otras personas; disfruto cuando alguien me pide que le tatúe y ‘se deja hacer’ sin limites ni restricciones.

Siento un enorme respeto hacia la vida, por eso condeno el sufrimiento animal en cualquiera de sus versiones y no encuentro justificación alguna para el abuso. Si juntamos todo esto, era imposible no apoyar este proyecto. Educar y reflexionar son claves para no repetir errores.

En otra vida sería… un bandicut.

Jorge Ochagavía
Así le vemos:
Si te encuentras a alguien, boli en mano, abriéndose hueco en la barra de un bar con el dispensador de servilletas monopolizado a modo de libreta espontánea y que, mientras va creando sus trazos, te suelta un comentario vacilón… ese será Jorge.

En otra vida sería… un poco de bonobo, gato persa, mosquito tigre y koala.

Sergio Navarro
Dicen de mí que soy un ‘informático sensible’ porque me preocupo por el kerning, el tracking, el padding, el color y las tipografías. Sé distinguir la Arial de la Helvetica. Soy de naturaleza lógica y analítica y disfruto interpretando datos estadísticos. Me gustan las cosas bien hechas y siempre procuro un código limpio y ‘aseado’ para mis trabajos web. Amante de la fotografía, la música y los Gifs animados. Mi tiempo libre se lo dedico al proyecto Artimalia y a remar en piragua; ahora estoy deseando cambiar el río por el mar.

En otra vida sería… Súper Ratón.

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